LUÍS VENTOSO | O |
19 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.TAPEANDO, o de copeteo, siempre se acerca algún chaval africano que oferta copias piratas de discos y películas. Los parroquianos lo alejan con un «no, gracias», que entienden educado, y siguen de cháchara con sus amigos, mientras él lo intenta en otro corrillo con una paciencia infinita y mansa. Los ves también en las cunetas, enfaenados en trabajos rudos. O talando eucaliptos a destajo. O embarcados en los muelles pujantes de A Mariña, donde ahora cuesta enrolar a tripulantes del país. La vida que le espera en Galicia a un superviviente africano es esa que los gallegos ya no queremos, el tipo de biografía de sudor, cuello cuarteado y manos rotas que fundió a nuestros abuelos. Pero, aún así, cien personas dejaron sus chamizos de Senegal, se embarcaron en un lanchón chapucero y bailón, e iniciaron un bingo macabro de 500 millas Atlántico arriba. En la madrugada del miércoles al jueves, la chalana volcó y medio centenar murieron ahogados entre olas de cuatro metros. Nunca se publicarán sus nombres ni sus biografías. Nada sabremos de la mugre que los lanzó al mar ni de sus quimeras. No habrá debate parlamentario sobre ellos, ni manifestaciones de actores concienciados. En el 2006 murieron 54. Este año van 78. Son los oficiales. Pero puede haber cientos. PSOE y PP seguirán hablando de Nafarroa Bai, del barco que dejó un hilillo de roña en Ibiza y del enésimo lío judicial del olvidadísimo caso Bono. Luego escamotearemos los cadáveres africanos debajo de la alfombra, nos pondremos farrucos y daremos lecciones morales a los estadounidenses, que son muy malos con los mexicanos, o enseñaremos al mundo a trenzar lindas alianzas de civilizaciones. No pueden morirse cincuenta personas por venir aquí y que no pase nada de nada. ¿O sí?