NO HAY razones para la espera de un tráfico medianamente cómodo o fluido en Galicia en este verano del 2007 que corre, cuando los afanes viajeros tienen que ver con el acercamiento a playas o áreas del litoral. Es indeclinable el deseo de acercarse a la vera misma del mar sobre caminos finales que se han ido haciendo a partir del sendero, al compás del aluvión mecánico que llegaba a marchas forzadas. Hoy la automoción tiene sentido de omnipresencia, alcanza todo lugar y se asienta en cualquier espacio físico. El uso del automóvil ha venido a ser automanía, el hombre se incardina en su coche hasta la identificación plena. El derecho de libre circulación se ejerce en plenitud. Los automóviles avanzan sobre las carreteras como enjambres. Cuando el clima lo hace posible, nuestras costas llaman desde su mar y sus arenales a nativos y foráneos. El vehículo de motor se multiplica por sí mismo. Ya no cabe el viaje sosegado, se torna en contienda contra los elementos. Los multitudinarios desplazamientos finisemanales han de conocer la asfixia de caminos comarcales y locales, aptos para el tráfico de cada día, precarios en los ejes del verano. No son fáciles los viajes desde los centros urbanos al litoral atlántico en los que prueban su capacidad las dos autovías de Barbanza y de las Rías Baixas, tan útiles como necesarias para alcanzar rías y costas desde Ortegal a A Guarda. Mayores serán las dificultades que esperan cuando se pretenda alcanzar A Mariña lucense desde el centro y sur gallegos a través de la diagonal inevitable que es la carretera convencional N-634, precaria y difícil al cabo de los años, a pesar de conformarse como nexo desde la frontera con Portugal al occidente asturiano, norte de España y Europa. En este tiempo del año, los que hemos viajado con insistencia sobre esta línea vial sabemos de sus escollos, a la vez que nos sentimos como ilusos en la espera que parece sin final por la transcantábrica, incluida, como se hallaba, en el Plan de Carreteras de 1984 a 1993. Aún en este siglo XXI toca padecer la penalidad de acceder a Espiñeira y Cruz do Lobo, esa -todavía- diabólica encrucijada en la que el camino parte a Barreiros y Ribadeo o bien a Foz, Viveiro, Ortigueira. Galicia, en fin, tan cerca pero tan lejos.