La playa de los ahogados

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

08 ene 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Todos los años llego al 8 de enero como un náufrago a la playa: extenuado. Como cumplo años el día 4, tengo encima un año más. Hacia la senectud a golpe de villancico. Santa cuesta de enero, que nos acoge como un pabellón de reposo. Nuestra Navidad tiene algo de frenética, yo aún diría más (que diría Fernández), de histérica, de alocada. Comer, comprar, consumir, desearse cosas. Desearse felicidad, que no se sabe muy bien lo qué es. Será, imagino, dinero. Para comprar coche de lujo. Casa con piscina. ¿Para ir adónde?, ¿para bañarse cuándo? Los aristócratas decían que la felicidad es del pueblo, que para ellos solo existía el sentido del deber. ¡Anda ya! Y el derecho de pernada. Los deseos navideños de felicidad son brindis al sol. Ahora, mientras algunos intentamos recomponer la vida, otras se dedican a descambiar (sí, sí, no se ría que viene en el diccionario) en las tiendas. Nuestra vida son rebajas que van a dar a la mar, que es el morir. Pero no morir como Díaz Pardo, que ya no se le puede homenajear, porque llevaba años siendo póstumo de sí mismo. Los gallegos se marchan. Unos a Australia, otros, como Isaac, a la otra vida. Los hay que nos quedamos tirados en la arena, como yo este domingo de náufragos. Aprovecho para saludar a ese otro domingo que es el dueño de la playa: Domingo Villar.