D ado que el problema de los recortes no se solucionará con un euromillón, como pretendió hace pocas semanas un desesperado alcalde berciano, Mariano Rajoy tendrá que emplearse a fondo para que los mercados no se enfaden y la UE no nos intervenga. Lo que ha hecho hasta ahora ha sido lo fácil. Subir los impuestos a los que tienen nómina es dinero seguro, porque los asalariados no tienen escapatoria. Pero con eso no basta. Si de verdad hay que recortar cuarenta mil millones de euros, a lo mejor hay que ir pensando en soluciones drásticas que aligeren el exceso de grasa burocrática. De poco sirve suprimir un par de ministerios o media docena de direcciones generales. El verdadero bacalao se reparte en los chiringuitos. Las diputaciones son una herencia del siglo XIX que se han convertido en una pesada losa que destina más de la mitad de sus ingresos a pagar salarios y favores políticos.
La lista de entes inservibles es inagotable: los sueldos de los senadores irritan a cualquier parado obligado a contar los céntimos para llegar a fin de mes. Por no recordar los privilegios de las sicav, los de los bancos, los de las empresas semipúblicas, los impagos a Hacienda. Toca trabajar. Y acertar.