Lo tiene todo para parecer irreal, como sucede siempre con las tragedias. El anuncio en las redes sociales de que el barco iba a pasar pegado a una isla para saludar a la hermana del metre. El capitán que, según una pasajera, estaba enfiestado. Qué verbo: enfiestado. Y, ahora, la moldava. Los que lo tuvieron que vivir en primera persona que no se sacan de la cabeza que la tripulación no paraba de decirles y de gritarles al principio: «No pasa nada». Y, mientras se lo decían y se lo gritaban, el barco se hundía. Las imágenes del descontrol que han dado la vuelta al mundo. Del barco como un cachalote herido a tiro de piedra de la costa de la isla. El capitán que lo niega todo. La conversación que salió a la luz entre el puerto de Livorno y el capitán es un diálogo tan increíble que parece sacado de una novela escrita por el mejor de los inventores. Pero no. Insisto. No. Todo sucedió y será investigado. Desde los muertos hasta los heridos. Cada segundo de desesperación. Cada minuto de impotencia. Cada hora de incredulidad. Y justo casi en el centenario del Titanic. En el Titanic, cuenta la leyenda que la orquesta siguió tocando. En el Costa Concordia, el menú de la cena se interrumpió para siempre después del primer plato.