¿Q uiénes son esos que pasan la cuesta de enero en una ciudad flotante bailando y jugando al bingo? Divirtiéndose, o tal vez no tanto, en un escenario vegasiano (esta palabra me la acabo de inventar y pretende significar «natural o relativo a Las Vegas»). El crucero es lo más parecido a un mundo artificial, a la vida en un satélite cuando ya no haya lugar en la Tierra para más habitantes. Un mundo autosuficiente cuya religión es el hedonismo: la diversión fútil, la juerga. La banalidad. Si fuese pedante -bueno, más pedante- diría que es una búsqueda de la vida eterna en esta vida, una negación de la muerte. Vivimos tiempos en que uno quisiera huir hacia sálvame de luxe o hacia un trasatlántico. Pero parece que el ángel exterminador acose a los fugitivos sin tregua. Y sin embargo aquí, ahora, porque la justicia es lenta, se juzgan los delitos de hace años, y vemos como desfilan los poderosos o ponen su barbas a remojar. Eso hace a un país grande. Porque mayor daño que los naufragios o los terremotos lo causa la impunidad de los Albertos. Y ahora podemos tener el país que quiso Lope de Vega, que ya va siendo hora. La corrupción no tiene color político, como no lo tiene la salud, la felicidad o la tabla del 7. La corrupción es la putrefacción de la materia orgánica. El banquete de los gusanos. Y que conste que siento que a los viajeros del barco, haciendo chiste fácil, se les haya aguado la fiesta.