Crisis, comunicación y confianza

OPINIÓN

23 ene 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Que estamos en una etapa colectiva difícil no hace falta que nos lo pronostiquen organismos internacionales como el FMI. Que son necesarias medidas extraordinarias y no gratas está asumido por la sociedad. Conviene que sean acertadas y que se comuniquen a la ciudadanía del modo más adecuado. A pesar del poco tiempo del actual Gobierno, existe margen para una evaluación provisional pensando en el futuro. La subida del IRPF pilló de sorpresa. Era necesario generar confianza en los mercados y quizá también en los reales dirigentes de la UE. Pensando además en los ciudadanos, que mayoritariamente parecen haberse manifestado en contra, puede cuestionarse que se haya adoptado sin esperar a otras medidas, reforma laboral y financiera por ejemplo, que se han anunciado. Eliminaría suspicacias de improvisación.

Una medida extraordinaria y no prevista requería una comunicación del presidente Rajoy, que ha asumido la presidencia de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos. La posterior declaración pública a través de la agencia Efe fue una hábil maniobra para paliar la deficiencia de comunicación, pero no satisfactoria ni por el formato, ni por el contenido. No es una mera cuestión puntual; tiene que ver con el carácter presidencialista que ha acabado por tener en la práctica nuestro sistema político. El presidente ha de hablar en las Cortes a los representantes legítimos del pueblo y respetar los usos parlamentarios. No es suficiente en asuntos extraordinarios para los que se reclama a la ciudadanía sacrificios y confianza. Sin la periodicidad fija del presidente americano, hablar directamente a los ciudadanos por la televisión pública es coherente con la democracia y, en ocasiones, imprescindible.

En la situación delicada en que nos encontramos, aunque no se haya llegado al «tenso está el arco» del rey Lear, es vital cuidar el tono de las declaraciones. No siempre es fácil dar con él. No parece que el presidente haya acertado en la rueda de prensa con Sarkozy, cuando después de reconocer que ya se habían subido suficientemente los impuestos añadió una frase que lo va a perseguir: «Pero... nada en la vida es para siempre». No estamos para agudezas o ingeniosidades; vamos a dejar aparte la impertinencia de calificarla de galleguismo. Tampoco para rifirrafes. El flamante ministro de Hacienda debería hacerse más a la idea de que no está en la oposición. La subida del IRPF puede explicarse en positivo como una carga proporcionada, transitoria y solidaria que se impone a quienes tienen un puesto de trabajo.

Lo que importa no es presumir de que sea una medida socialdemócrata para reproche de los socialistas, sino que sea la mejor para los intereses generales. Debería medir las palabras sobre posibles delitos en la gestión de recursos públicos. Suenan, más que a una sana advertencia, a populismo interesado en las elecciones andaluzas. La prudencia de un buen gobernante aconseja evitar salidas que desorienten y minen la confianza.