Una pausa en la primavera árabe

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

23 ene 2012 . Actualizado a las 07:07 h.

L as grandes expectativas surgidas con los movimientos sociales de la primavera árabe parecen haber sucumbido a la realidad de sociedades poco dinámicas, con mayoría poblacional menor de 30 años, disparado nivel de paro, una galopante pobreza y un imposible tejido de corrupción y clientelismo que hacen perder fuelle a las reivindicaciones callejeras, desde Marruecos a Irán.

Túnez y Egipto son la mejor muestra del aparente fracaso del proceso aperturista: han expulsado a un dictador militar para abrir las puertas a la tiranía de una democracia islámica. El descontento inicial enmudeció ante los primeros resultados electorales; los ciudadanos han votado según su ideología. Una simplificación excesiva. Muchos, apoyando organizaciones benéficas que les asisten: partidos islamistas vinculados a los Hermanos Musulmanes. Otros confiaron en que, como en Turquía, donde gobiernan los moderados musulmanes desde el 2007, se inicie la bonanza económica.

Mientras Israel y Palestina mantienen su conflicto con un perfil bajo y en Irak suníes y chiíes luchan por la hegemonía, en los últimos bastiones dictatoriales de Siria y Yemen los límites entre la sublevación y la guerra civil se desdibujan. Los observadores de la Liga Árabe interpretaron su pantomima de supervisión para escarnio de líderes que buscaban ser reconocidos como pacificadores de Siria mientras en Yemen Al Qaida acaba de hacerse con la localidad de Radda al sur de la capital, con la tácita aquiescencia del presidente Saleh, que busca evitar las elecciones que lo expulsarán de manera definitiva del poder. El desconcierto y la incertidumbre de todos los análisis no deben llevar al pesimismo. Las revoluciones no son procesos ni rápidos, ni fáciles ni incruentos.