L a muerte viene a hacer de la política tabla rasa. Con la muerte nadie se atreve porque por encima de las ideas está la vida. Así, cuando un personaje controvertido fallece todo son condolencias. Yo creo que lo que se lamenta no es la muerte del muerto. Es que el ser humano sea mortal. Eso pasa, por ejemplo, con Fraga. Pero como Baltar no se ha muerto, sino que se va a su casa, me voy a despachar a gusto. Baltar significa la parte más negra de la época democrática de Fraga. Es el gran fracaso de Fraga. La detestable política caciquil con la que Fraga se aseguraba su permanencia al frente de una Galicia que se perpetuaba en el siglo XIX. Baltar, Cuíña, Cacharro, los cosechadores de los votos que alimentaban a Fraga. Al gallego siempre le gustó tener localizado al poder. Saber quién manda y que el que manda, manda. Saber, en fin, dónde está el toro que tiene que torear. Por eso triunfa en nuestra tierra el cacique. Pero que tengamos que aguantar al hijo de Baltar, llamado Baltar hijo, como si fuera coreano, es una ofensa ya no a la democracia, sino a la estética. En las fotografías que publica estos días la prensa vemos cómo nuestros dirigentes contemplan las payasadas del cacique con cara de circunstancias. Cómo aceptan a disgusto el papel de comparsas. Porque los Baltares representan lo peor de la política y debería haber alguna forma de que se ocuparan de sus propios asuntos en vez de ocuparse de los nuestros.