L os curas quieren que nos toquemos. Si no han cejado en su empeño durante la gripe aviar no se van a arredrar ahora por unos miserables catarros. La fraternidad, la caridad, bien vale ese sacrificio. El viejo conflicto entre la Iglesia y el Estado se aviva con ese acto teatral de darse fraternalmente la paz. Los unos, que compartas miasmas cristianas, los otros que te vacunes. Y tú, que vas a misa, tienes que andar buscando bancos vacíos y alejados para que nadie te dé la mano con la que recibe los estornudos. Yo no sé las mujeres, pero rompiendo un ancestral pacto de silencio diré que todavía son muchos los hombres que no se lavan las manos al salir de los servicios. Mi abuelo Eduardo (compositor wagneriano que en 1929 estrenó O Mariscal, la primera ópera gallega) evitaba estrechar la mano y usaba guantes para tocar el dinero, como Howard Hughes, pero es que músico y aviador eran coetáneos de Fleming, inventor de los microbios. Cuando mi abuelo, también arquitecto, no tenía guantes, cogía escuadra y cartabón para tener las manos ocupadas. Pero volviendo a los bancos vacíos, hay en las iglesias fieles depredadoras (siempre mujeres) que a la orden del celebrante buscan implacablemente hermanas a las que dar la paz. Y ya puedes poner cara de sueca y mirar al suelo en actitud recogida. Más te vale ir comprándole pañuelos al vendedor del semáforo. Y a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga.