Lo peor no es que los españoles no hablen inglés. Lo peor es que no lo necesitan. Ni Zapatero ni Bibiana ni Leire, y ahora tampoco Rajoy, que tiene que gritar para que le oiga el traductor -y el resto de la sala, incluidos los periodistas que por allí pululan-. Con García Margallo y su Gibraltar español parece que la cosa ha cambiado un poco, de lo que me alegro. Pero el problema es el aislamiento en el que nos metió el general Franco Bahamonde. Rechazar el inglés como los ingleses rechazan la rabia, que se niegan a admitir mascotas inmigrantes. Para qué hablar inglés si los ingleses son masones y nos tienen envidia. Algunos volvieron de la División Azul hablando alemán, pero aquello era más una alarde de heroísmo que un idioma. Antes se traducían novelas extranjeras, aunque los traductores usaran el diccionario, y algunos intelectuales aprendían extrañas lenguas donde las oes se tachan con una raya o se les ponen diéresis como si fueran cigüeñas. Eso se dice que hizo Unamuno para leer a Ibsen. Julio Camba, que viajó por el mundo, hablaba inglés con el mismo desdén con que trataba a los que querían hacerle académico: prefería que le pusieran un piso. Hoy, con los precios por los suelos, probablemente sea bastante más fácil ponerle a alguien un piso que aprender inglés. Y que nadie se haga ilusiones, nuestros hijos en Internet no están aprendiendo idiomas; eso que escriben cada dos por tres -jajajaja- no es un idioma.