Hace un año del levantamiento de los libios contra su tirano durante más de cuatro décadas. Un movimiento desorganizado, más voluntarioso que eficaz, pero imbuido de una energía y un ansia de libertad que a los occidentales nos sorprendió y emocionó. La unidad internacional liderada por franceses y británicos, y después secundada por germanos y norteamericanos, reaccionó con celeridad y contundencia inhabituales. Intentando guardar las apariencias de respeto por la «independencia» y «soberanía» del pueblo libio, la OTAN se limitó a «equilibrar» las fuerzas, impidiendo que Gadafi usara su superioridad armamentística, como si sin su intervención los «levantados» pudieran tener alguna opción de éxito.
Pasada la euforia inicial, Libia sigue sin superar el caos posbélico, con un Consejo Nacional de Transición incapaz de controlar a las milicias que lucharon por liberar al país. Inseguridad y falta de avances políticos y económicos mantienen a la población en el desencanto, como a sus vecinos países árabes y magrebíes. Pero los libios no se resignan a que «oportunistas» que se beneficiaron de prebendas en época de Gadafi se hayan instalado en el poder. Todo está por hacer en Libia. Gadafi ha dejado un terrible legado de división y falta de organización estatal. Recuperar cuatro décadas no será fácil, sobre todo cuando la influencia islamista es tan importante y el pueblo no ha asumido la separación entre Estado y religión. La transición será larga, lenta y, tal vez sangrienta, pero, a diferencia de hace un año, sí que es imprescindible la no injerencia foránea. Hay lecciones que es preciso aprender uno solo.