Abandonad toda esperanza

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

21 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

L as manifestaciones del domingo consiguieron un primer trofeo el lunes: le quitaron el protagonismo al triunfal congreso del Partido Popular. Para el señor Rajoy y su equipo tuvo que ser una pequeña decepción ver que la mayoría de las primeras páginas eran ocupadas por los aviesos líderes sindicales y sus aliados, y no por su discurso ante los tres mil fieles congregados en Sevilla. Con el debate tertuliano ocurrió algo parecido: las decenas de hombres y mujeres que ayer ocuparon micrófonos y cámaras estaban mucho más seducidos y seducidas por la movida de toda la izquierda que por la apoteosis conservadora sevillana.

Anotada esa vulgar valoración, lo que sigue es la constatación de que acaba de empezar un pulso, que terminará mal, como todos los desafíos. Aquí se ha abierto una guerra con dos bandos claramente identificados: a un lado, el Gobierno, CiU, probablemente el PNV y la patronal CEOE; al otro, los sindicatos, el PSOE, Izquierda Unida y las izquierdas regionales o nacionalistas. De alguna forma, son las dos viejas Españas conocidas, una de las cuales no tardará en ser identificada por algunos medios informativos como la reedición de un nuevo Frente Popular.

Ahora, a mi juicio, no se trata de saber cómo se logrará un armisticio, sino quién se rendirá antes: la izquierda, en concreto los sindicatos, o el Gobierno. Este cronista, si tiene que hacer una apuesta, dice: abandonad toda esperanza de solución pactada, aunque haya muchos intentos de aproximación, diálogos entre partes y busca de consensos en el Parlamento. Los sindicatos no pueden aceptar sin protestas una reforma laboral que rebaja el despido, da todo el poder al empresario y limita su fuerza dentro de la empresa. Que nadie espere de ellos comprensión, tolerancia ni abandono de pancartas. Por si les faltaran razones, Rubalcaba y compañía los necesitan para ganar en la calle algo de lo que inevitablemente van a perder en sede parlamentaria.

¿Y el Gobierno? Si el Gobierno busca consensos, serán de apoyos a su propio texto, no para cambiar su esencia. Si está dispuesto a rectificar algo, será para retoques menores, no para renunciar a lo básico ni corregir los «horrores» de que habla Cándido Méndez. Y además, Rajoy, aunque quisiera -que no quiere-, tampoco puede dar marcha atrás. Primero, porque cada vez que abre la boca es para defender esta reforma como el único medio de crear empleo. Segundo, porque ahora tiene contentos a los empresarios, y no les va a quitar ese caramelo. Tercero, porque se siente vigilado por Bruselas y los mercados. Y cuarto, porque sabe a qué prueba lo están sometiendo: la prueba de su propia autoridad. Y ese es un examen que ningún Gobierno incipiente quiere suspender.