Velocidad

Gonzalo Ocampo
Gonzalo Ocampo EL RETROVISOR

OPINIÓN

21 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

No es la velocidad el demonio de la seguridad vial en el desarrollo del tráfico. Los afanes por salvar distancias de territorio con presteza están inscritos en la naturaleza humana. El nomadismo y la función de los mandaderos para la trasmisión de mensajes son los precedentes de la celeridad. El caballo uncido al carro de dos ruedas -Egipto, año 1900 antes de Cristo- da luz a la velocidad en los caminos. Después, el estribo -China, año 200 antes de Cristo- consigue la autonomía caballo-jinete. Así se escribe que Alejandro Magno, cabalgando sobre Bucéfalo por tierras del Cáucaso, sintiese la seducción, el placer y la embriaguez por la velocidad.

Es el año de 1769 cuando Cugnot, pilotando el famoso locomóvil «carro de fuego», inicia la historia de la automoción recorriendo una corta distancia a la velocidad de 3,9 kilómetros por hora. Después, Trevithick, en 1801 alcanza los 7,8 kilómetros por hora en otro rústico vehículo de tracción a vapor y, ya en 1834, el locomóvil de Scott Russel rodará a 27 kilómetros por hora.

Enseguida comenzarán las competiciones deportivas como primeras aplicaciones del automóvil con los nombres de Panhard-Levassor y de Louis Renault, que en la vuelta a Francia de 1903 llega a lograr los 94 kilómetros por hora.

Y así sucesivamente, en ese empeño irrefrenable del hombre por sobrepasar la línea del horizonte. Cierto, sí, que el arma de la velocidad ha de usarse con cautelas para evitar desastres, gobernada con el uso de la razón y bajo la primacía de la ley.