C uando el movimiento del 15-M ocupó la Puerta del Sol, la policía no hizo el mínimo intento por disolver a los acampados. Cuando unos estudiantes de Valencia protestan por la situación de su instituto y, por ampliación, por los recortes educativos, la policía carga de forma contundente y empieza el peligroso juego de la acción-reacción: los estudiantes vuelven a protestar, ahora por la dureza policial, y se producen los incidentes conocidos. Desgraciadamente para la policía, las imágenes juegan en su contra: muestran una represión de gran violencia, aparentemente desmesurada. Las palabras, también: escuchar cómo el jefe superior de Policía de Valencia se refiere a los manifestantes como «el enemigo» demuestra una concepción bélica de su tarea de mantenimiento del orden público. Si no hubiera utilizado esa expresión, la alarma social creada por el suceso sería bastante menor. Al utilizarla, le dio dimensión de escándalo.
Lo ocurrido tendrá explicación cumplida del ministro del Interior en el Congreso y hasta entonces habrá que reservar una opinión definitiva. Lo realmente inquietante es la interpretación que posteriormente se hizo de los sucesos, tanto desde esferas políticas como mediáticas. Visto desde la izquierda, todo era consecuencia de la política de orden público de este Gobierno, al que por una parte le falta rodaje y, por otra, se comporta con la vieja filosofía de la calle es mía. Visto desde la derecha, no se descartaban los excesos policiales, pero se disculpaban con la comparación con que inicié esta crónica: frente a la pasividad socialista, el PP garantiza la seguridad del ciudadano. ¿Y la agitación? «Se trata de enviar el mensaje de que Rajoy es un fascista», sentenciaba Miguel Ángel Rodríguez en Onda Cero.
Pero faltaba un ingrediente: incluir los sucesos en la intención de convertir a España en Grecia, como consecuencia de la reforma laboral. Y «España no puede ser Grecia», protestaba un diario editado en Madrid, después de afirmar que «la izquierda agita la calle». Todo fue, como pueden ver, una fastuosa exageración; una descomunal desproporción. Los incidentes fueron graves, claro que sí. Incluso alarmantes, dado el estado de ánimo del país. Pero de ahí a pensar que hay una izquierda que busca la revuelta o que se pretende levantar España contra el Gobierno hay un largo recorrido. La palabra recomendable es cautela. Si lo prefieren, prudencia. En todos: en las manifestaciones que se van a suceder; en las interpretaciones interesadas y alarmistas; en las explotaciones partidistas y, por supuesto, en algunos dirigentes políticos y sociales. Si no amenazaran tanto con la movilización, no estaría tan presente el fantasma de la agitación.