Setenta y dos niños adoptados en Cataluña en los últimos diez años han sido devueltos a la Generalitat en lo que parece la amarga constatación de que todo es susceptible de convertirse en mercancía defectuosa. Una descarnada caricatura de los hechos situaría a los padres de esos cativos con taras rebuscando en el monedero y dudando entre el tique de Zara y el resguardo de los servicios sociales. El mecanismo de respuesta transita por similares conductos emocionales. Igual que devuelvo el pantalón que no me satisface cojo al chaval del brazo y lo repongo al almacén del que nunca debería haber salido por no ser capaz de atender expectativas. Estos niños sin derecho a convertirse en hijos vienen a ser criaturas lefties, mercancía de segunda destinada al saldo que no ha merecido estanterías mejores. Con la marca de ser apenas desperdicio tatuada en la frente, los 72 de Cataluña completan el desasosegante círculo que nos ha traído hasta aquí. Si aceptamos que un padre reembolse a un hijo en cuanto la criatura se pone rabuda todo lo demás adquiere una dimensión mucho menor. Hasta parece que indignan menos cositas como la de Teddy Bautista, que se endosó una pensión vitalicia de 23.000 euros mensuales que imaginamos justificó a base de interceptar el hilo musical de esas cuevas de piratas que son las peluquerías. O asunticos como el de Urdangarin, tan generoso en sus horas de trascendencia que aceptó hacerse mortal y exhibir ante el pueblo sus vergüenzas en un calculado gesto de contrición pública. Nada, insisto, que se pueda comparar a la decisión de convertir a un hijo en un kilo de berberechos que huelen mal.