¿Competir con China?

OPINIÓN

20 mar 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Competir con China desde los principios de la democracia liberal está resultando muy difícil porque, como ha constatado Fukuyama, «la forma actual de capitalismo globalizado está erosionando la base social de la clase media sobre la que reposa la democracia liberal».

China es el principal comprador de bonos norteamericanos, invierte también en deuda europea (mucha de ella española), pasa por ser la fábrica del mundo de bienes de consumo y ahora de otros productos, y tiene acuerdos preferentes con países ricos en materias primas para adquirir estas a cambio de construirles infraestructuras básicas con mano de obra que lleva directamente de China y que en algunos casos procede de presidios y correccionales.

El modelo chino de capitalismo gerencial sin burguesía y con régimen político dictatorial ha sido aceptado por las democracias occidentales, a pesar de que sus consecuencias en la economía global socavan nuestras instituciones y sociedades, cada vez más desiguales, inseguras y descontentas. Las sociedades posindustriales se han vuelto menos igualitarias y, como afirma el sociólogo norteamericano Charles Murray, la brecha entre ricos y pobres se ha agrandado de tal manera que la palabra clase no sirve para entender esta profunda división y habla de una sociedad dividida en tribus: una arriba, con educación superior, y otra abajo. Y entre ambas, grandes diferencias de ingresos y de comportamiento social (tipos de emparejamiento, hijos fuera del matrimonio, etcétera).

Las tribus de Murray son para el francés Camille Peugny un fenómeno de desclasamiento, un temor a un descenso social que agita a las clases populares, «que se sienten irresistiblemente atraídas hacia abajo», y a las clases medias, «desestabilizadas y a la deriva».

Para el catedrático Guy Standing, una nueva clase ha estado creciendo como una realidad escondida en la globalización hasta emerger con la crisis. Es un precariado de varios millones de personas que carece de todo anclaje de estabilidad, está excluido económica y culturalmente, entra y sale del desempleo y se mueve en la economía sumergida y las redes sociales. Standing define a sus miembros como nómadas urbanos, con cuatro características comunes: la ira, la anomía, la ansiedad y la alineación. No son solo jóvenes, también mayores que ingresan en sus filas ante la crisis del sistema de pensiones. Y son personas que a menudo han tenido que romper con sus lugares de origen y adaptarse a nuevos entornos con un gran desgaste psicológico; una «clase peligrosa», a juicio de Standing, porque es pasto de los extremismos, incluido el nacionalismo exacerbado y el antieuropeísmo. ¿Cuánto de todo esto tenemos en España?