Una hora de luz

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

25 mar 2012 . Actualizado a las 08:00 h.

La vuelta de la luz, los días más largos, parece una metáfora de la vida. Y me imagino que se hará más dura la cárcel -como a mí se me hacía el colegio- en las mañanas brillantes y en las tardes cálidas y luminosas del verano. Los asesinos vascos, que ven que aquellos a los que perseguían pasean ahora tranquilamente lamiendo un helado de chocolate mientras ellos se pudren entre rejas. O los corruptos que andaban de fiesta con el dinero de sus vecinos y aspiraban polvos blancos que les producían mucha felicidad y ahora comen bocadillos de mortadela a la sombra. Algunos, en las islas Baleares, han puesto a remojar sus barbas y alargan la agonía con recursos para ganar tiempo y perder dinero. Pienso estas cosas raras cuando llega el cambio de hora, que en tierras gallegas es como un premio al sufrimiento del invierno, del paro, de la ignominia. En el arenal de Riazor ya se ven las primeras adolescentes tostando la piel de sus muslos para la minifalda, y los jubilados ya merodean remolones por el andén de la playa. Los pájaros andan revueltos, los gorriones sobre todo, y las poetas -Estelle Talavera, Sofía Castañón- recitan versos a un público sediento de mar mientras guardan con calidez sus embarazos, como preñadas de poesía. Y todo esto se consigue con el movimiento simple, mecánico de traslación del planeta Tierra. Porque al final, como en un tobogán infantil, uno descubre que solo hay que dejarse ir, que nunca llovió que no escampara, que el verano vuelve todos los años.