Del Bosque es el hombre tranquilo. Es de Salamanca. Que ya es mucho ser y mucha plaza mayor. Del Bosque cuando jugaba lo hacía con la cabeza alta, siempre con la vista puesta en el pase. Así de entrenador es de natural conciliador. Busca el diálogo. Huye del enredo. Mejor sumar que restar. Que de recortes vamos sobrados. Nos hizo campeones del mundo como quien va a por agua a la fuente o a por un recado a Sudáfrica. Le faltó silbar. Esta semana renovó por sorpresa hasta el mundial de Brasil. Y es que quién no va a querer entrenar a España, que es como si te dejasen dirigir todos los años el concierto de fin de año en Viena. O rodar con Spielberg o Tarantino. O ser Elvis Presley cuando Acapulco. O violín y llamarte todo el rato Stradivarius. Tiene suerte Del Bosque de gozar de una apariencia normal, como de vecino del tercero. En España todo lo que puede ser extraordinario es diana de la crítica. No hay piedad para el que sobresale. O sea que mejor Del Bosque, que se sienta en el banquillo de los acusados como si estuviese en el banco de un parque. Un hombre tranquilo que tiene el pulso de un afinador de pianos y que, entre problema y solución, elige siempre solución. Hoy verá el clásico.