Paquidermos

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

22 abr 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

E n 1909, entre dos mandatos presidenciales, Teddy Roosevelt se fue de safari por África y mató -tomen ustedes nota- quinientos animales grandes, entre los que se encontraban veinte rinocerontes, diecisiete leones y once elefantes. Sabemos de la obsesión de John Huston por matar un elefante durante el rodaje de La Reina de África, y existe un relato de mi admirado Eric Blair -George Orwell para los amigos- titulado Matar a un elefante, que narra un hecho real de un ajusticiamiento a sangre fría que recuerda al lobo de Asís de Rubén Darío. Moti Guj, el simpatiquísimo elefante del cuento de Kipling, mantiene su fidelidad al borrachín de su amo por encima de humillaciones y castigos. Los elefantes birmanos, compañeros de Moti, hicieron un gran trabajo de pontoneros durante la guerra contra Japón, dirigidos por Bill de los elefantes. Ahora hemos presenciado cómo Juan Carlos, R., protagonizaba un cuento oriental por escribir, que narra la historia del cazador de un elefante que tropieza, se cae, y se transforma él mismo en elefante: un hermoso macho adulto de grandes colmillos, una pieza perfecta para otros cazadores. Yo no sé si está obsoleta o no la monarquía -aunque me tiemblan las carnes cuando imagino a Aznar o a González presidiendo la república-, pero estoy firmemente convencido de que sí lo está la caza del elefante. Al fin y al cabo viene a ser como cazar a tu padre, y eso está muy feo, ¿no?