Alguna de esas eminencias a las que hemos tenido el acierto de entregar nuestro futuro debería de tener la delicadeza de explicarnos adónde nos quieren llevar. Para eso les pagamos sus guateques. Porque nos acostamos con la rebaja de S&P de la nota de España y nos levantamos sabiendo que en este reino hay más pensionistas y parados que trabajadores. Y aún más. Pasamos la noche con la pesadilla de otra avería en la cadera real.
Esto es un sinvivir. Toda nuestra existencia gira en torno a unos incapaces que hoy deciden que hay que ser austeros y mañana apuestan por el gasto para el crecimiento. Hoy nos dejan sin sanidad y mañana nos reprochan la suerte de que ellos nos eviten un rescate. Nos tienen mareados y aún peor, nos tienen aterrados, acobardados y entregados. Y aceptamos sin rechistar sus imposiciones, a sabiendas que nos llevan al precipicio.
Pocas páginas de la historia universal recogen una época de tanta desorientación y tanta zozobra como esta. Ni de tantos despropósitos. Y cuando así ocurre, el desenlace siempre resulta sobrecogedor. Deberíamos aprender que hay ocasiones en que se intenta llevar a las sociedades hacia ninguna parte. Y que esta es una de ellas. A ver cómo acabamos.