Corre, Rajoy, corre

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

01 may 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

La tortura empieza a ser insoportable. Cuando uno cree haber cuadrado las cuentas para poder subsistir (fuera las cañas de los sábados, fuera los caprichos en el supermercado, fuera el Canal Plus, fuera las vacaciones en la playa, adiós al sofá nuevo y ya plancharemos nosotros en lugar de la chica), siempre llega un nuevo hachazo a la nómina que nos obliga a coger otra vez la calculadora. Ya puestos, Rajoy debería haber lanzado directamente la bomba H nada más llegar a la Moncloa. Nos habría ahorrado el tormento. Todos los recortes en un paquete. En lugar de esta imagen de estar corriendo sin parar por miedo a quedarse parado, el presidente habría ofrecido al menos a los españoles y al resto del mundo la idea de que tenía un plan. Un plan diabólico, terrible. Pero plan al fin y al cabo, al estilo del que presentó Cameron en Gran Bretaña en cuanto llegó al poder. Eso es, por cierto, lo que Rajoy prometió que haría, aunque parece haberlo olvidado. El sopapo a los ciudadanos habría sido mayúsculo y doloroso, aunque menos cruel que este suplicio de la gota malaya.

Pero Rajoy prefiere el tute cabrón a la bomba de neutrones. Y por eso se descarta de los naipes uno a uno. Hasta que se le agoten los triunfos y le canten las cuarenta. Con ese macroplán de salida, Rajoy se habría negado a sí mismo una sola vez, y no cien. Y habría enviado a los mercados, que lo que quieren es sangre, un mensaje más claro que el sumatorio sádico de pellizcos de monja que nos administra ahora.

Habría sido igual de evidente que no dijo la verdad en la campaña. Pero si Rajoy hubiera anunciado el primer día, en una comparecencia solemne, que el país estaba al borde de la intervención y que ante la magnitud de la tragedia no había otro remedio que la subida del IRPF y del IVA, la reforma laboral, el tasazo en la educación, el copago en la sanidad, el adelgazamiento extremo de la Administración, el fin de las subvenciones, el perdón a los defraudadores y la menor inversión pública de la historia, no habría sufrido más desgaste que el que le genera esta política gore de amputarnos un miembro cada viernes.

Se habría ganado así, además, el respeto de los líderes internacionales, aunque fuera a la contra, y no el choteo público de Sarkozy, Monti, Draghi, Putin o Cristina Fernández de Kirchner. Que solo falta ya que venga Evo con su jersey de alpaca a reírse de nuestro viacrucis. Se habría evitado también Rajoy este ridículo de que, después de quemarse hasta las uñas defendiendo el ajuste salvaje que recetaba Merkel, le venga ahora la canciller a decir que bueno, que tampoco hay que pasarse. En lugar de al hombre tranquilo, astuto y reflexivo que hemos conocido, y al que algunos esperaban ver en la Moncloa, Rajoy se parece cada día más a ese conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas. Siempre con el reloj en la mano, corriendo de un sitio a otro sin que nadie sepa su destino. «Llego tarde, llego tarde».