Reforma universitaria

Celso Currás< / span> NUESTRA ESCUELA

OPINIÓN

A lgunos de los males endémicos de la universidad siguen necesitando una reforma en profundidad: falta de eficiencia en la gestión de sus recursos; modelo docente desfasado; corporativismo; endogamia; peloteo de los aspirantes a entrar en la familia; planes de estudio improvisados; demagogia de la evaluación de la calidad o de la selectividad, etcétera.

Nunca las reformas educativas llevaron pareja la financiación necesaria para aplicarlas en la práctica, tal y como fueron concebidas. El ejemplo más reciente lo tenemos en lo que ha venido ocurriendo con el espacio europeo de la educación superior, más conocido como Plan Bolonia. Criticado por unos, alabado por otros, ha estado más de una década en el centro de atención de todos. Hoy queda lo imprescindible: una nueva estructura de las titulaciones, con más problemas que soluciones, y un intercambio de profesores y alumnos entre universidades europeas cuyos dudosos resultados están por evaluar.

De otros principios esenciales, como el cambio de paradigma docente o el verdadero concepto del nuevo crédito, ya casi nadie se acuerda. Además, se junta el hambre con las ganas de comer. A la falta de financiación inicial se suma hoy la crisis económica. También la oposición frontal de algunos sectores universitarios. Se está perdiendo así la mejor oportunidad de cambiar nuestro modelo de enseñanza universitaria, el cual, salvo excepciones, que por supuesto las hay, resulta obsoleto e ineficaz. Sigue habiendo docencia magistral y teórica en aulas masificadas. Persisten los exámenes irracionales. Continúa, en fin, la pasividad del alumno, al que le basta con comprar los apuntes y memorizarlos para conseguir un título superior.

La situación de la docencia aún se agrava más al continuar infravalorada en relación con la investigación. Prestigio y reconocimiento siguen estando con esta. Es el caso de las publicaciones más puntuadas, los dineros extra o los tan ansiados sexenios. Dar clase no mola, que dirían los estudiantes. Por ello, el profesor carece de motivación para enseñar; escapa todo lo que puede del aula; acepta las clases como un mal menor, implícito en su condición de docente.

Por eso, a muchos les interesa que el cambio docente del Plan Bolonia se vaya olvidando. Aumentar la dedicación a las clases, a una metodología diferente o a la atención individual del alumno, restaría tiempo a la investigación, que es lo que realmente interesa. Sin lugar a dudas, la reforma universitaria que necesitamos tiene que empezar metiéndole mano a esta situación; si no, estará condenada de antemano al fracaso.