Todos sabemos que estos polvos fueron causados por aquellos lodos, como habitualmente se suele decir. Y de las causas del enlodamiento del panorama económico ya sabemos casi todo, pero no tanto puede decirse de la situación social subyacente. Cierto que muchos políticos, muchísimos banqueros, o mejor sucedáneos de banqueros, y no pocos empresarios abyectos están detrás de la crisis y de su prolongación; cierto también que Europa presenta un fuerte déficit de liderazgo, de organización y de estrategia; pero igualmente es cierto que junto con la corrupción de los de arriba hay que tener en cuenta nuestra deriva social.
Nuestras instituciones, desde la mediocre universidad actual hasta algunos medios de comunicación instalados en el género ínfimo, han renunciado a liderar el cambio social y, peor aún, han asumido como objetivos personales y colectivos los males que están detrás de nuestros problemas. Hemos construido una sociedad incoherente, individualista, egoísta en extremo, consumista hasta la saciedad, banalizada en sus hábitos y con una implantación de sistemas de valores en donde difícilmente pueden convivir los que aportan energía positiva con aquellos que solo se orientan a un pragmatismo absoluto. Muchas veces nos preguntamos al mirar a las nuevas generaciones: ¿Cuál va a ser su futuro? ¿Cómo podemos evitar que, otra vez, se nos vayan los mejores? Pero también a menudo, miramos a esa misma juventud y pensamos: ¿Son estos adolescentes tardíos, estos nómadas globales, estos indolentes y poco esforzados muchachos los que van a ser capaces de conducir el país? O, lo que es peor, ¿existe entre nosotros el sentido de colectividad necesario para reconstruir el pasado y reinventar el futuro? ¿Piensan así los sindicalistas? ¿Los políticos opositores de todo? ¿Los maestros y profesores carentes de estímulos, de esfuerzo y de valores que transmitir?
Y podríamos seguir con los que han vivido por encima de sus posibilidades y aún creen que podrán volver a vivir de aquella manera, con los que son incapaces de ver las tragedias humanas que les rodean y siguen instalados en el consumo banal, o los que acostumbrados solo a pensar en sí mimos son incapaces de trabajar con espíritu de nación. Hemos de convencernos de que el modelo anterior no podrá volver, porque era un desatino, y ahí tenemos los polvos que aquellos lodos levantaron. Todos, personal y colectivamente, debemos levantar la mirada por encima del poder y del dinero y pensar en que hay otros objetivos por los que merece la pena trabajar y vivir. En los políticos no encontraremos la respuesta. El cambio ha de surgir desde la base social o nunca surgirá. De no ser así no seremos capaces de reconstruir el pasado para reinventar el futuro.