El Museo del Prado exhibe el último Rafael, la exposición más ambiciosa sobre esa etapa del artista. Mientras el asfalto de Madrid arde con el castigo del calor, los cuadros del pintor italiano y de discípulos de su taller permiten un respiro al entrar en los salones para ver cómo era la colaboración entre el maestro y sus colaboradores Giulio Romano y Gianfrancesco Penni. Rafael llega a Roma, como Miguel Ángel, para pintar estancias vaticanas. Los trazos de ambos quedarán para siempre en la historia. La pinacoteca de Madrid siempre merece una visita sin reloj. Pero hasta septiembre la guinda es este Rafael. Está el retrato poderoso de su amigo Baldassare Castiglione, que llega cedido por el museo del Louvre. Un hombre barbado con un toque de océano en sus ojos. En este cuadro se aprecia que Rafael va más allá del calificativo que siempre ha arrastrado de pintor académico. Rafael no es un secundario en la historia del arte. Rafael es el Renacimiento para bien y para mal. Baldassare tiene alma. Y la pregunta que queda en el aire entre el que mira el cuadro y el retratado es ¿adónde hubiese llegado Rafael si no hubiese fallecido en 1520, a los treinta y siete años, según teorías, en Viernes Santo, el día de su cumpleaños?