Sobre lo evidente no haré causa: que una representante popular grite, con referencia a los parados, «¡que se jodan!», cuando el presidente del Gobierno anuncia en el Congreso dolorosos recortes en la prestación por desempleo, es más que una ofensa inadmisible para los millones de personas que vienen pagando la peor factura de la crisis: constituye una bajeza que su grupo parlamentario no debería tolerar por un sentido elemental de la decencia. En consecuencia, y dado que los diputados no pueden ser obligados a dejar sus escaños en la Cámara, en el supuesto de que Andrea Fabra no esté dispuesta a irse a su casa por las buenas, el PP solo tiene una forma presentable de resolver el escándalo provocado por quien ha demostrado poder regentar una taberna pero no ser digna de representar a ciudadanos: expulsarla de inmediato de su grupo en el Congreso.
Lo sé yo y lo sabe Rajoy, salvo que el autismo que provoca en los líderes políticos instalarse en la Moncloa haya acabado en el breve plazo de seis meses con la sensibilidad del presidente para distinguir lo que es admisible en democracia de lo que no lo es y haya arrasado su capacidad para apreciar cabalmente qué límites no debe traspasar jamás el patriotismo de partido.
De hecho, son ese patriotismo y la forma tan perjudicial en que ha debido influir en la biografía de Andrea Fabra los que explican, muy probablemente, la absoluta desvergüenza de su comportamiento en el Congreso. ¿Qué ha visto la diputada en su entorno más cercano -el familiar- desde que tenía uso de razón política? Pues a un padre con un historial plagado de imputaciones judiciales al que el PP valenciano no ha dejado nunca de apoyar, lo que habrá llevado al ánimo de la joven que decide entrar en política a los dieciséis años una enseñanza devastadora en democracia: que, conservando el apoyo del partido en que se está, puede uno hacer lo que le pete.
Y eso ha hecho exactamente Andrea Fabra. Saltar de puesto en puesto desde que era poco más que una chiquilla, hasta perder todo contacto con la terrible realidad social que la circunda, de tal modo que, a fin de cuentas, el paro debe ser para la dirigente popular poco más que una cosa lejana y molesta de la que hablan los periódicos.
De los escaños del Senado a los del Congreso, Andrea Fabra ha ido convirtiéndose en uno de esos seres que dicen representar al pueblo pero que, en el fondo, desprecian, sin mucho disimulo, al pueblo que los ha colocado en donde están. Porque el pueblo, por definición, tiene problemas, y las gentes como Andrea Fabra se han acostumbrado a concebir la política no como un instrumento para darles solución sino para vivir de ellos sin dar golpe. ¿Que se jodan los parados? Ya están bien jodidos, aunque usted lo desconozca, señora diputada.