La soledad del presidente

OPINIÓN

23 jul 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

E l real decreto ley de lo que se ha calificado como el mayor ajuste de la democracia ha sido aprobado con los solos votos del Partido Popular. Un Gobierno con la mayoría absoluta que le otorgaron los ciudadanos no está obligado legalmente a buscar aliados. Pero lo excepcional de las medidas, que afectan directa o indirectamente a muy amplios sectores de la sociedad, parece que debería aconsejar algún punto de encuentro con otras fuerzas políticas. La disconformidad no se limita a la protesta manifestada en las calles. Medios de comunicación habitualmente próximos al Gobierno se distancian. Es cierto que falta mucha legislatura, pero no está asegurado hasta qué punto puede deteriorarse la confianza otorgada en las urnas. Va a ser arduo pechar en solitario con la presión si tarda en llegar la mejora de una situación que el ministro de Hacienda ha expuesto con expresiones para el consumo interno, demoledoras para la confianza de los mercados.

Al final, esa carga, por más que nuestro sistema no sea presidencialista, recae en el presidente del Gobierno. Acentúa esa percepción, que lo sea también del partido. No es el caso de EE.?UU., en donde la presidencia de los partidos es irrelevante y una convención elige al candidato presidencial después de unas largas primarias. La soledad de todo presidente se evidencia en la toma de decisiones excepcionales. Esa impresión, fácilmente presumible, la percibí cuando en la presidencia de Nixon tuve la oportunidad de estudiar el funcionamiento de la Casa Blanca, popularizado en una serie televisiva, y conocí la situation room, la de las crisis internacionales. El entorno del presidente contribuyó al indigno final de su mandato. Los alemanes, con su rivalidad de mostrar una mayor fidelidad al jefe, chocante para los usos políticos americanos, ayudaron a su aislamiento de la realidad social, a perder, en definitiva, la raíz popular de su amplio triunfo electoral.

Ni la persona, ni las circunstancias son trasladables aquí, pero invitan a la reflexión sobre el sistema de representación política. La disciplina de partido tiene mucho que ver con el modo de acceder a las listas electorales, muy diferente del americano. No contrariar a la cúpula suministra un crédito para seguir saliendo en la foto. Confundir el natural arropamiento del líder en una reunión de partido con la realidad social contribuye al aislamiento de quien tiene en último término la responsabilidad de gobierno. Bien está que los militantes no se autoflagelen, pero sentirse eufóricos iría contra esa realidad y los sentimientos de muchos ciudadanos, incluidos votantes.

No todos desean que Rajoy fracase. Me atrevería a decir que, por diversas razones, la mayoría desean que acierte. No es colaborador de otro, ni pieza clave del funcionamiento del partido que ha condicionado alguna de sus decisiones. Nadie lo acompaña en la cima del poder ejecutivo. Es la soledad de quien ha de sentir ahora la exigencia de un hombre de Estado.