La tarde del día grande de Santiago, antiguo patrón de España, declina paulatinamente. El calor en un Madrid no feriado me remite a una idéntica tarde cálida de la primera jornada bélica en que en Clavijo se dirimió una batalla que solo vive en la memoria de los viejos libros de historia en los que Santiago alanceaba moros en una lectura historiográfica hoy políticamente incorrecta.
Y me viene un pensamiento cabalgando mi propia identidad, para reivindicar una manera de entender el mundo, de acompasar la vida e incluso de aguardar la muerte.
Somos una tierra, un país, una lengua, somos capaces de interpretar el ir y venir de las mareas que regulan las diástoles de la mar, el murmullo del viento colándose entre las copas de los árboles, de descifrar el color de los inviernos, que filtra cada amanecer los mil tonos de la luz, de escuchar los peculiares arpegios, aunque suene cursi, de los sonidos de un alma colectiva.
Somos supervivientes de un país nómada que emigró para no regresar nunca, siguiendo los caminos que fue trazando la cartografía secreta de la mar océana, el fardel del trastierro a un país infinito que huía del hambre buscando una tierra prometida que no venía en mapa alguno.
Somos el extramundi de la periferia, un no lugar, una existencia dispersa perdida en un camino circular trazado en un solsticio de cuando se inauguró el mundo conocido. Un alalá que nadie oye, un grito perdido en las nieblas de noviembre que es incapaz de encontrar el eco de los valles para multiplicar los ayes de la desesperanza toda.
Somos de siempre nuestros mejores enemigos, perdedores de una autoestima que corona una bandera que quiebra un rayo azul como de tormenta de verano. Pueblo peregrino que perdió el origen en la desmemoria del destino.
Somos un país de gentes cabales que idearon un lenguaje secreto de signos para entenderse en una babel que dejó que se extraviasen las consignas y que se perdieran para siempre las palabras. Y dijo patria y aperta y dijo colo, escribió cómbaro y nai y vagalume, contó marmurio y subrayó malencolía, susurró lúa y noite, y alborada y de epitafio cinceló teu y da terra, como un himno.
Somos responsables de nuestro propio y elegido desastre, de anclar el barco que nunca llega al puerto, de empadronar a Sísifo para que la piedra se deslice permanentemente desde la cima hasta la ladera de un país incapaz de imaginar las líneas maestras que dibujan su futuro.
Somos casi nada y casi todo, Galicia, una historia que en ningún momento nos resulta ajena. A pesar de todo, somos.