H ay lugares en el mundo donde se practica un deporte bastante popular y emocionante. Los deportistas se dividen en dos equipos, pero uno siempre pierde. Y lo que siempre pierde es la vida. Me refiero a la lapidación. Los ganadores tienen que tener una licencia expedida por Dios, que entre ellos es conocido por Alá, del que son delegados en el campo donde se juega. Administran por tanto la justicia divina. Como en el tiro con arco, hay que tener buena puntería, y como en los lanzamientos (de peso, de disco, de jabalina), un brazo musculoso y entrenado. El otro equipo lo suele formar un solo jugador, en general una mujer que ha mantenido relaciones sexuales con un macho no aceptado por la federación deportiva correspondiente. No sé bien si al final los ganadores reciben una medalla.
Por aquí, en el País Vasco (ya saben, el de «vascos-sí, ETA-no», que a mí me recuerda a «eta-nol»), ha estado también muy arraigado, junto al levantamiento de piedras, el tiro olímpico. En la nuca. Ahora en cambio parece que está de capa caída y muchos de los tiradores viven en una villa olímpica con rejas y sin sexo durante unos cuantos años.
Los de allá, los que se escandalizan tanto de tus pecados sexuales que te matan, son pocos, pero muy entusiastas. Y yo, cada vez que le echo miraditas a mi vecina de abajo pienso en el noble deporte de la lapidación, y me aguanto.