Q ue la respuesta a la provocación sea la cárcel es propio de una sociedad trastornada. Y que el poder político se ampare en ello para aniquilar cualquier atisbo de discrepancia es una extralimitación que define las dictaduras. El rezo punk de las Pussy Riot era una protesta política a la vez que una manifestación artística expresada desde la misma radicalidad con la que los Sex Pistols escandalizaron a los británicos con su God Save the Queen o Las Vulpes desafiaron a los biempensantes españoles de izquierdas y derechas con Me gusta ser una zorra. La distintas reacciones sociales a estos casos son unos excelentes indicadores del nivel de tolerancia, madurez y desarrollo de los pueblos y las instituciones democráticas.
Desde la raíz de la historia, el artista ha desafiado siempre los límites de la expresión y traspasado habitualmente la frontera de lo moralmente correcto. Y esa ha sido su contribución al progreso. Desde los pintores de Altamira hasta punkis o raperos, los artistas han transgredido las normas y se han enfrentado a la sociedad. Como Buñuel, o Apollinaire, o el marqués de Sade... o tantos y tantos que sufrieron persecuciones y fueron condenados a la hoguera, la de la Inquisición o la de los intolerantes que se atrincheran en el inmovilismo para defender sus privilegios o esconder sus miedos.
La moral debe ser un espacio abierto para la cooperación, una construcción social en constante movimiento, nunca una barrera para la exclusión ni una prisión para el discrepante. La moral sirve para dar cohesión al grupo y contribuye decisivamente a integrar al individuo. Por eso, quienes intentan apropiársela buscan en realidad secuestrar al colectivo e inmovilizar a la persona mediante la imposición, el amedrentamiento, la persecución y el castigo a quien ose salirse del carril. En otras palabras, aplasta al individuo en defensa de los poderosos.
Así ha sido a lo largo de la historia y así sigue siendo en la actualidad en aquellas sociedades con déficit de libertad, en las que se prohíbe el disentimiento y la disconformidad y en las que la libre expresión de la diferencia se paga con la cárcel. La intolerancia es un mal que, aunque nos cueste creerlo y a menudo pensemos que está superado, nos acecha de continuo en cada esquina. Nos gusta mirar lejos y pensar que es propia de regímenes integristas y culturas extrañas, pero su sombra se extiende en permanente amenaza. El totalitarismo es la expresión política del miedo, del que se aprovecha el poder para expandir su dominio. Y el temor al futuro que está generando la crisis es el caldo de cultivo propicio para que se propaguen reacciones airadas que alimenten la demagogia, el populismo y la xenofobia. Lo que Todorov denomina los enemigos interiores de la democracia. Así que conviene velar por ella y dormir con un ojo abierto. Porque cada país tiene sus Pussy Riot y la condena a ellas es una amenaza para cada uno de nosotros.