Los carteles

Jorge del Corral
Jorge del Corral PUNTO DE VISTA

OPINIÓN

20 ago 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

¿Se acuerda de esos inmensos carteles de chapa de acero plantados por todos los rincones de España que anunciaban obras públicas? No había lugar sin cartel en el que el Gobierno de turno no hiciese publicidad con el bolsillo del contribuyente: «Aquí se construye el Auditorio fulanito con fondos tal y financiación/cofinanciación del Gobierno cual? [añada el que prefiera]». Y a continuación del generoso señor Marshall una ristra de números con el coste de la obra. Cuánto más larga mejor porque era prueba irrefutable de la potencia económica de la comunidad del mecenas y de su infinita generosidad y desvelo hacia el ciudadano. A veces el cartel costaba más que la obra, pero no importaba porque lo obligado era anunciarla y hacerse propaganda ya que detrás de aquella siempre estaba el disputado voto del Sr. Cayo.

Y con estos carteles por bandera se levantaron universidades sin alumnos y con malos profesores, estaciones de autobuses sin autobuses, aeropuertos sin aviones, auditorios sin programación; radios y televisiones públicas para la propaganda del Ejecutivo, polideportivos cubiertos y descubiertos sin practicantes; ciudades de la cultura y de la justicia, museos del agua, del vino, del aceite, de la sidra, del bolillo, del trigo, del trillo; parques de atracciones y kilómetros de aceras y calzadas. Detrás de lo que anunciaba el cartel había con frecuencia comisiones, financiación de partidos, sindicatos e instituciones; puestos de trabajo para amigos y conmilitones.

¡Qué tiempos esos en los que el dinero salía de los cajeros automáticos y nuestros hijos creían que los euros nacían en las fértiles cuentas corrientes de sus padres! Y que los bancos eran fuente inagotable de hipotecas y rehipotecas. ¡Qué tiempos aquellos en los que pasamos a Italia e íbamos a superar a Francia y al Reino Unido en PIB, y advertíamos a Alemania que ojito porque también podíamos ir a por ella! No parábamos de consumir y los alemanes no daban abasto a fabricar Mercedes, Audis y BMW para los españoles. Irrumpió Europa en nuestras vidas y llegó en forma de megainfraestructuras que producían megacomisiones (¿Recuerda los populares convolutos del embajador de Alemania nacido en Lavapiés?). Llovían las subvenciones y pasamos de no tener ni una oenegé a ser el país con más organizaciones de este tipo. Nos daban una fortuna por plantar viñas y otra por arrancarlas. Llegaba un momento en que no sabías si tenías que plantar o arrancar. ¡Qué lío, Dios mío, y qué tiempos!