Durante los doce meses que el Códice Calixtino estuvo desaparecido la joya medieval atrajo las miradas del mundo porque su historia, real o supuesta, mejoraba los más rebuscados guiones de intriga: un nombre atractivo, ladrones de arte a sueldo, sotanas silenciosas, investigadores investigados y un juez con pasado justiciero. Hasta hay quien ha querido ponerle escenas de sexo y traición a un argumento que sufrió un cortocircuito cuando se supo que el responsable de la fechoría era un electricista nada corriente que había cedido a la tentación de comprarse un apartamento en Sanxenxo.
El argumento decayó de forma prematura y un cráneo ocurrente y laico se ha dado cuenta que un solo ejemplar bien historiado podría llevar más visitantes al Gaiás que el presunto millón de libros que cogen polvo en las estanterías del elefante blanco. Y la Iglesia ha claudicado a la petición, evitando una nada recomendable confrontación política.
El deán reconoció ayer que el limitado tiempo de exposición pública del Códice obedece a las dificultades económicas del Cabildo para mantener la seguridad y las condiciones técnicas adecuadas, problemas que parecen diluirse si es la Ciudad de la Cultura el nuevo lugar que le da luz y la Xunta la que paga la factura.