Últimamente llegan aires de revancha de Cataluña. Una especie de tramontana que llegaba hasta Galicia. Con lamentos que maldicen la llegada del AVE y con quejas que dan por sentada la rebaja del 50 % del peaje de la AP-9. Y la petición de un rescate a España posiblemente elevará las protestas por el aldraxe y afinará teorías que concluyen que de la polvareda del AVE gallego vienen estos lodos catalanes. Muchos aprovechan el eco de las redes sociales para gritar que no hay que invertir en aquello que presuntamente no es rentable. Un gran principio de insolidaridad que habrá encantado a cualquier halcón ultraliberal porque, llevado a su extremo, justifica los recortes más despiadados que se le puedan aplicar a los derechos de los ciudadanos. Puestos a tirarse de cabeza en la piscina de la demagogia, nada es menos rentable que un pensionista polimedicado, que un alumno problemático y que un parado de larga duración. Feijoo devuelve esas bofetadas pequeñas pero constantes con esa fuerza desatada que dan las precampañas que campañas son: «Galicia paga y Cataluña pide». Todo depende del cristal político a través del que uno se mire el ombligo. Incluso la rentabilidad.