El peligro de la fragmentación de la eurozona y, por ende, del final del euro está detrás del enfrentamiento que mantiene el máximo responsable del BCE, Mario Draghi, con el todopoderoso Bundesbank. El italiano busca zanjar de una vez por todas la crisis de la deuda soberana que acorrala economías como la italiana y la española. Draghi apuesta por la compra de bonos a tres años que, asegura, le permiten los tratados europeos. Una decisión que es mal vista en tierras germanas, temerosas de que, con esa inyección de capital, la inflación se dispare y llegue a ser como «una droga que genere adicción» entre los países que están en el ojo del huracán, que evitarían hacer las reformas.
Puede que a los que piensen así no les falte razón, pero cierto es que a las economías les hace falta oxígeno.