A hora que hay elecciones voy a decirlo claro: no nos fiamos de los políticos. Los votantes creemos que hay corrupción en los partidos, que no hay democracia interna, que los partidos reciben dinero negro, que los usan para sufragarse, que los políticos redondean sus sueldos con prebendas. Eso pienso mientras zurzo unos calcetines que se me están haciendo un agujero por el dedo gordo. Oigo que dicen en la radio que no, que esa profesión es honrada, que hay gente estupenda, que Dios existe, que el hombre es inmortal -espero que todos menos Chávez- y yo quiero creer, vaya si quiero. Pero cuando aparece un brote de políticos corruptos que, como la gripe, no distingue ideologías, pienso que, bajo el absceso de pus, late caliente y amenazadora la infección que no vemos. Por eso ahora que dicen que patatín y que patatán yo les digo que me valen casi todos si me muestran claramente que están limpios de polvo y paja. Porque a mí las ideologías, como a Peret las mujeres, ni fu ni fa.
Pero mientras me pincho un dedo por despreciar el dedal -que zurcir ya se ve que no es lo mío-, pienso en el requeté bolivariano y siento un escalofrío. Con Chávez uno aprecia las bondades de la vida temporal y está dispuesto a renunciar a la eternidad. Por eso hoy voy a dar un respiro a los que se abrazan en los mítines en Cerceda o en Lugo, que levantan niños llorones y comen pulpo sin ganas. Hoy dedico el zurcido de mi calcetín a las elecciones de Venezuela y cruzo los dedos.