S i algo ha caracterizado la historia contemporánea de la República de Turquía es la falta de escrúpulos de sus gobernantes a la hora de responder a cualquier agresión a su territorio o a sus ciudadanos. Las largas décadas de represión a los kurdos y los ataques militares en territorio iraquí con la excusa de perseguir a guerrilleros refugiados allí lo evidencian. No sorprende que hayan contestado militarmente a los proyectiles de mortero sirios que han caído en su suelo, el primero de los cuales causó la muerte de cinco civiles. La autorización parlamentaria turca para desplegar tropas en territorio extranjero, caso de un agravamiento de las agresiones sirias, solo da respaldo legal a una práctica habitual. No parece que la intención del Gobierno de Bachar al Asad fuera la de involucrar a Turquía en su guerra civil sino una muestra de la gravedad de los enfrentamientos y, probablemente, la bisoñez de los militares que repelen a los rebeldes tras innumerables deserciones en la cúpula del Ejército sirio.
Pese al rechazo que el enrocamiento de Al Asad en el poder ha provocado en Turquía y las críticas otomanas a la forma de llevar el conflicto, en Ankara son muy conscientes de que una intervención en Siria daría carta blanca a la participación directa de Irán y, por tanto, la intervención de la OTAN e Israel. Una escalada en el conflicto que nadie desea y que solo beneficiaría a los rebeldes sirios, hasta el momento abandonados a su suerte. Los 30.000 sirios muertos y cientos de miles refugiados justifican que la comunidad internacional se plantee una intervención controlada para evitar males mayores aunque ello suponga airar a los rusos y a los iraníes.