La nueva clase de los desprotegidos

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

L a Fiesta de la Banderita de este año ha tenido el triste acierto de recordarnos la realidad social de España. Y digo «recordarnos», porque corremos el riesgo de perder de vista esa realidad en medio de la avalancha de números de la prima de riesgo, de equilibrios presupuestarios, de tensiones electorales y del tsunami independentista que cada día abre más grietas en España. La Cruz Roja, que siempre pedía para necesitados del Tercer Mundo, se ha sentido en la necesidad de mirar más cerca, de mirarnos a nosotros mismos, y encontrar un escenario de desolación, de gentes que no tienen para comer y que, por carecer, carecen de asistencia pública.

«Son -dice una nota de la entidad- personas que tienen a todos los miembros de su familia en paro, personas que pierden la vivienda por desahucios, personas no acostumbradas a solicitar ayuda a la red de protección ni a los servicios sociales». Es decir, son personas que acaban de llegar a la máxima pobreza y provienen de la que hace poco llamábamos clase media, esa que está desapareciendo en este país. Son las auténticas víctimas de la crisis, que de pronto se han visto desprovistas de todo y, por no tener, no tienen esperanza de recuperación, ya sea por razones de edad o por falta de oportunidades.

Lo de menos es el número. La Cruz Roja habló de 300.000, pero los hogares con todos sus miembros en paro superan el millón y medio. Si no se crea empleo a corto plazo, y no se va a crear, esas gentes se quedarán también sin ningún subsidio. Quizá el año próximo la misma Cruz Roja tenga que duplicar o triplicar el número de personas a las que debe dedicar sus huchas y mesas petitorias. Está surgiendo y se está extendiendo una nueva clase social: la de los totalmente desprotegidos. Para ellos, esta es una situación comparable a la de posguerra, pero con unos hábitos y necesidades que agravan su situación personal y familiar.

Confieso que no sé hacer otra cosa que reflejar el drama. Me asusta leer informes que agravan la percepción: al tiempo que se extiende la pobreza, aumenta la desigualdad. España es a fecha de hoy el país de Europa con mayor desigualdad social. Solo nos gana Letonia, que no creo que sea un ejemplo a imitar. La política salarial o el origen de las riquezas hace crecer de forma exponencial las diferencias entre la sociedad segura y la sociedad zarandeada por la crisis. ¡Y después nos escandaliza que The New York Times publique una foto de un español buscando comida en un contenedor! Al ver estos datos, debería complacernos que sea solo una foto. Debe de ser, queridos amigos, que la foto ofende. Pero no lo olviden los gobernantes: la realidad más dura está en los datos. Esos son los que hieren. Y a veces matan.