El pasado día 11 se inició el Año de la Fe convocado por Benedicto XVI, en los cincuenta años de la inauguración del Concilio Vaticano II por el universalmente querido Juan XXIII. Se trata de una llamada dirigida primordialmente a los católicos de todo el mundo para que profundicen en la fe que profesan, den testimonio de ella y la transmitan. La iniciativa tiene que ver con la realidad social de la vivencia del cristianismo, cuya incidencia en la historia es innecesario subrayar y menos en Europa y en su proyección americana. Por qué ahora. En palabras de Benedicto XVI, «mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado por su referencia a la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece sea ya así en vastos sectores de la sociedad a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas». La fe no aparece como «un presupuesto obvio de la vida común» y con frecuencia es negado.
Tomar conciencia de esa realidad constituye un estímulo para revertir la tendencia que manifiesta. En cierto modo implica un nuevo encuentro de la fe y la razón. Ambas se orientan al descubrimiento de la verdad por cauces diferentes, aunque se requieran mutuamente. No existe, ni debe existir, contradicción alguna entre ellas. La fe es aceptación de la Verdad revelada. No es resultado de un razonamiento, pero es razonable. No se impone y, por eso, impulsa el diálogo con la razón. Lo puede dificultar la no asunción de la verdad como algo objetivo y de validez universal. El fabuloso avance científico y tecnológico ha propiciado en no pocos casos considerar solo válido lo validable, lo comprobable empíricamente, una verdad fragmentada, relativa. Desde esa concepción el conocimiento por la fe, e incluso por creencia en general, carecería de sentido. A lo más que podría llegarse es a ser respetado como algo que corresponde a la intimidad, afortunadamente inalienable, de la persona humana.
Desde sus comienzos el cristianismo buscó el conocimiento humano para exponer la fe, sin adulterarla, sin mixturas ni sincretismos. No empalmó con las religiones del mundo greco-romano. Se sirvió, en cambio, del pensamiento de egregios filósofos que, desentendiéndose de los mitos religiosos, se habían planteado el sentido último de la existencia. Por ahí es posible un nuevo encuentro. Es la búsqueda de respuesta a interrogantes sobre cuestiones fundamentales que afectan a todos, en todos los tiempos y culturas: el sentido de la vida, el más allá o después de la vida, por qué la existencia del mal en sus diferentes apreciaciones.
La fe no exime de razonar, ni hay que erigir en verdad de fe lo que puede ser conocido por la razón, lo que son principios que están inscritos en la misma naturaleza humana, aunque reciban de la fe una nueva luz y confirmación. La convocatoria del papa pretende dinamizar el pensamiento y la vida de los creyentes desde la seguridad y el optimismo de la fe. Una puerta siempre abierta a todos.