Cuando escucho la expresión coloquial «clama al cielo» no entiendo el énfasis que encierra, a veces por hiperbólico, por exagerado. Comprendí de repente todo su significado al leer un informe acerca de los miles de desahucios, todos ellos, sin excepción, injustificados, que se están ejecutando desde la complicidad judicial con una banca económicamente rescatada con dinero público, con impuestos de todos los ciudadanos.
Acudió a mi memoria El embargo, tristísimo poema de Gabriel y Galán que me conmovió como lectura de infancia, y las imágenes de desgarro, dolor e impotencia que supongo en las gentes vulneradas, desoladas y rotas por las órdenes de desahucio, componen un friso goyesco en mi pensamiento solidario.
Borges, tan citado, en su relato La casa de Asterion escribe que «la casa es del tamaño del mundo, mejor dicho es el mundo», y esta descripción nos lleva a reivindicar el hogar, la casa como nuestro universo privado la estructura primaria y primera para conformar techo y suelo.
Los desahucios son la casa tomada de Cortázar, un arrebato imposible de entender, el deshonor que los poderes pueden impedir, cogiendo por la cintura, metiendo en cintura a la banca que ya no tiene corazón, que no oye ni ve, que solo está a las maduras evitando las duras, en un país que posee cinco millones de viviendas vacías, y que diseña un banco malo, como si algún día hubiera un banco bueno, para sumar la locura inmobiliaria que fue engrandeciendo la burbuja que reventó con la crisis.
Los suicidios recientes son un aldabonazo colectivo en nuestro pecho. El tiempo ya solo se mide por urgencias. No hay dilación. Una moratoria, la carencia por tres años a quienes no pueden afrontar el recibo mensual de la hipoteca, debe articularse con premura, mientras no se debata el pago por dación u otra fórmula similar.
Diez años viajando tardó Odiseo en regresar a su casa, en volver a Ítaca, donde le aguardaban Penélope y Telémaco vigilando y manteniendo el hogar.
Estamos en un complicado recodo de la historia que, como siempre ocurre, penaliza a las personas de bien, a las gentes del común que asisten y resisten al castigo del desempleo que no cesa, a la merma de ingresos para quienes todavía trabajamos, a la estupefacción frente al poder que nos deja a la intemperie, que ya no nos ampara y que continúa mirando para otro lado, para donde todo es oscuro, y donde ya nada se ve.