Tim Burton es un creador. Y los creadores logran hallazgos cuando están en racha. No siempre, pero sí cuando brilla la fiebre del talento, esa que levanta muertos y camina sola. Burton acaba de bordar una pequeña joya. Son apenas ochenta minutos y pico en los que recrea la historia de Frankenstein. Solo que es un niño, Víctor, el que le devuelve la vida a su perro Sparky en la ciudad de New Holland. El chaval es un solitario que pasa las horas con sus experimentos en el desván. La película está llena de guiños, cine sobre cine. Por supuesto, a todos los personajes relacionados con los Frankenstein clásicos. Pero también al estreno de Bambi, por ejemplo. Y es un reflejo de la poesía de la infancia. Los chavales de la clase de Víctor están muy logrados. No faltan los abusones ni los que quieren buscar atajos cuando la cabeza no les ayuda. Todos quieren ganar el concurso de ciencias, aunque solo Víctor entiende de fórmulas. No falta nada en el filme. Está Godzilla. Está el parque de atracciones. Y está el molino, que lo preside todo, como imán del tremendo final. Frankenweenie, así se llama, no es una ocurrencia más. Es la inocencia retratada por un genio.