¿Hay que justificar el sueldo, o qué? Se lo pregunto a los que observan la victoria de Obama como si se hubiera producido una conjunción planetaria, pero sin Zapatero, con lo cual Obama se queda como administrador único y universal de la progresía. Y lo pregunto porque este cronista, en su torpeza, no acaba de ver novedades en las elecciones de Estados Unidos. Ha pasado lo de siempre: que siguió habiendo alta abstención como si los americanos fuesen catalanes; se ha gastado una porrada de dinero y una de las grandes noticias es que una señora homosexual consiguió escaño en el Senado. Lo único que hace esta novedosa noticia es confirmar el atraso de Estados Unidos, porque aquí en España hace tiempo que los homosexuales pasaron del armario a las instituciones.
A partir de ahí, se pueden hacer análisis estado por estado y candidato por candidato, pero el panorama político de hoy es exactamente igual al de antes de las elecciones. Si entonces gobernaba Obama, hoy sigue gobernando Obama. Si entonces el Senado era de mayoría demócrata, hoy sigue siendo de mayoría demócrata. Y si la Cámara de Representantes era de mayoría republicana y frenaba las reformas de Obama, hoy sigue siendo republicana y tiene todas las papeletas para seguir torpedeando las magníficas intenciones del presidente. Lo más parecido a Estados Unidos del lunes previo a las urnas es el del miércoles siguiente a las urnas. Lo demás, voluntad o imaginación del espectador.
Es buena voluntad creer que la economía europea se beneficiará por el hecho de que Obama sea más partidario del gasto que de la austeridad. Ya lo fue en toda la gestión de la crisis, pero los tecnócratas de Bruselas y de Bonn lo oyeron como quien oye llover. Es ingenuidad socialista pensar que Obama va a ser, como en el caso de Lázaro, quien le diga a la socialdemocracia europea «levántate y anda». Es infantil pensar que, por haber dicho que España es una gran economía y no se la puede dejar caer, vendrán unas nuevas brigadas internacionales a empujar el crecimiento y crear infinidad de puestos de trabajo. Y es hacerse falsas ilusiones suponer que un presidente demócrata tiene una política exterior distinta a un republicano.
Donde sí se atisba un cambio es en la relación de fuerzas americanas. El llamado voto racial, en el que se incluye el hispano, es decisivo. O los republicanos se acercan a él, o tendrán muy difícil recuperar el Gobierno. En los Estados Unidos de hoy ya no se gana solo con el voto blanco. Sumado todo lo dicho, obtengo una conclusión: el auténtico cambio de consecuencias americanas y españolas sería que hubiera ganado Romney. Podría arrastrar a Rajoy a un conservadurismo contundente, recordando el efecto Bush sobre Aznar.