El efecto seductor de la lejanía

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

08 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Si Obama se hubiera presentado a las elecciones en Europa habría barrido a su oponente, tal es el apoyo que concita el recién reelegido presidente entre gentes de derecha, izquierda o centro del Viejo Continente. Su victoria se ha producido, sin embargo, por los pelos desde el punto de vista del reparto de los votos (50 % frente a 48 %), aunque el efecto de un sistema electoral mayoritario, en el que el ganador se lo lleva todo en cada estado de la Unión, ha ampliado notablemente, en número de votos electorales, su corta victoria en sufragios personales frente a Romney.

¿Por qué tan extraordinaria diferencia entre lo que sucede a ambos lados del Atlántico? Si me permiten expresarlo así, creo que el contraste está vinculado con ese efecto seductor de la lejanía que da título a este artículo. En realidad tal efecto tiene un carácter general, pues todos los humanos aceptamos mejor en cualquier orden de la vida a aquellos de quienes, en mucha mayor medida que sus defectos, nos llegan desde lejos sus virtudes, que es, sin duda, el caso de Obama en relación con los habitantes de nuestro continente.

En realidad, Obama continúa siendo hoy en Europa lo que fue para la mayoría de los norteamericanos en las elecciones en las que ganó la presidencia: la mezcla de un mito viviente y un ser de carne y hueso, consideración esa que no considero exagerada. Y es que el hecho de que un hombre negro fuese capaz de aunar el talento y el coraje necesarios para ganar las elecciones en un país en el que poco más de medio siglo antes estaba en vigor un sistema de segregación racial de una inconmensurable indignidad supuso una hazaña histórica (ética y política) que colocó a Obama de inmediato en la galería de los presidentes que son en Estados Unidos mucho más que simples políticos: Washington, Lincoln, Roosevelt o Kennedy.

Pero, tras cuatro años de mandato, y convertido de nuevo en ser humano antes de que retorne definitivamente en el 2016 a la capilla laica de los mitos, Obama ha tenido que defender una gestión que ha sido considerada por casi la mitad de los norteamericanos como no merecedora de la reelección presidencial.

Yo, como casi todos los que leerán esta columna, también prefería que ganase Obama y me he llevado con su victoria una de esas alegrías que la política española ya no suele procurarnos. Creo que Obama ha hecho una gestión con luces y sombras, pero también que las primeras superan con ventaja a las segundas. ¡Ya quisiera para sí Rajoy sus resultados! Pero, más allá de ellos, mi alegría por la victoria del primer presidente negro de la historia de un país por el que siento gran admiración tiene que ver también con otra convicción: la de que quien, con todo merecimiento, entró por la puerta grande de la historia no debía salir por la pequeña.