Suelo contar que los libros son seres orgánicos, que hay que mimarlos y frecuentar su lectura, que son perdurables y hay que acudir a ellos con la frecuencia que marca su corazón de papel, sus latidos de palabras.
Y mi tesis la ilustro contando lo que me aconteció con un viejo libro que se estaba convirtiendo en un libro viejo. Casi lo había olvidado pese a ser una de las pequeñas joyas de mi biblioteca sentimental. Aquella edición bilingüe de la Divina Comedia la había heredado de mi padre después que el suyo se la hubiera legado. Era, es, una edición en piel, leída y releída, editada a finales del siglo XIX. Al pasar la miraba de reojo como si evitara saludarla, arrumbada, apoyada en un libro joven y lozano, presuntuoso y bien cuidado, languidecía y yo sentía al mirarlo que las doradas letras del lomo que daban cuenta de su autoría firmada por el Dante, se iban desvaneciendo, algo así como cuando encanecen los cabellos de las personas anunciando el comienzo de la vejez.
Volví sobre mis pasos y tomé del anaquel mi querido libro, y al abrirlo comprobé que las palabras, que el texto se había desdibujado afectado por una desmemoria libresca, se habían perdido en el olvido de los libros que ya nadie lee, y preso de la nostalgia de los buenos días idos, decidió perderse dejando que huyeran las frases que habían hecho felices a muchos lectores.
Decidí curarlo y fui cotejando página a página con otra edición que leía en voz alta, y pude ver cómo primero las letras, luego las sílabas, después las palabras y las frases iban recomponiéndose, ocupando su lugar en las páginas, y ambos, el libro y yo, recuperando el efecto sanador, terapéutico de la literatura que cura muchos de los males del espíritu. Alonso Quijano enfermó de una suerte de locura por leer, mi señor Quijote, multitud de libros de caballería; ahora son los libros los que sufren un nuevo mal, la deserción del universo lector, el mal de la ignorancia, aquel que merma nuestra libertad, que coarta la capacidad crítica de los ciudadanos, la enfermedad que nos impide ser más solidarios.
Todo está en los libros, y nunca podrá ser saldada la inmensa deuda de gratitud debida.
Corren malos vientos para la cultura, que más que recortes sufre amputaciones.
Hace una semana, presentando un libro, algo me impulsó a decir que hoy por hoy, cuando los libros sufren un profundo desprecio que tambalea las ventas y por ende la industria editorial, leer un libro es un acto de resistencia y así lo creo.
El mal de los libros está en evitarlos. Insisto en que son seres vivos. Me consta.