Enternece comprobar la respuesta de PP, PSOE y los bancos ante los desahucios. Conmueve ser testigo de ese espontáneo arrebato de humanidad procedente de líderes que tienen muchas otras cosas en la cabeza, desde la prima de riesgo hasta las luchas intestinas. Emociona. La reacción. Que no la acción. Esta carrera atropellada para lavarle la cara a una ley vieja y despiadada (según esa misma Europa que dicta otras normas y otras exigencias que se venden como renovadas tablas de Abraham) parece un muro de contención. Un escudo como aquellos labrados con los que se protegían los antiguos guerreros. Bello, pero un escudo al fin y al cabo. Colocado para repeler un posible ataque. El de una sociedad deshilachada en la que cada vez hay más mechas que amenaza con prender. La última, gracias a la factura que pasan las hipotecas. Hay quien destaca el reparto de responsabilidades en esta inmensa ratonera. Es cierto que muchos firmaron hipotecas insensatas, rubricando ristras de números que, unidos, eran una soga al cuello. Otros se embarcaron en aventuras solo entendibles en la opulencia eterna. Pero también están los que contaban con trabajos estables y préstamos razonables... Hasta que pasó la apisonadora de la crisis. Y los que avalaron negocios que en circunstancias normales hubieran proporcionado una digna forma de vida. Al otro extremo de la mesa estaban los grandes ejecutivos que sembraron España de préstamos a cualquier precio. La diferencia es que muchos de los primeros han perdido su casa. Casi todos los últimos se llevaron indemnizaciones millonarias y algunos (solo algunos) empiezan a pisar los tribunales. Por mucho muro que levanten, eso no enternece.