Hoy arriban a las librerías de Nós -paraísos que debemos amar más de lo que amamos- las memorias de Pérez Touriño. Las leeré no para buscar abominaciones y abominables, sino para conocer la palabra de aquel que ha procurado estar callado: con la elegancia de quien sabe que el silencio es también un modo de hablar. Se fue de la política con altura, elevando el rostro ante la mesocracia que lo obligó a irse. Se fue honorablemente, sin imprecaciones ni estridencias. A su lado, el ruido. Los tiradores de dardos, ambiciosos y desleales (lo dice Touriño, no yo), que hicieron de la política una actividad al servicio de sí mismos, no de la gente.
Se fue obteniendo 25 diputados, sin perder ninguno. Se fue porque lo echaron los propios, no los otros. Rara vez se ha visto en política un caso mayor de cainismo. Es que los tiempos han cambiado. Montaigne contaba cómo un soldado de Pompeyo mató por error a un hermano que estaba en la facción contraria; avergonzado, se quitó la vida al instante. Años después, en otra guerra, un soldado pidió recompensa por haber matado a su hermano. Son los tiempos, reitero. En el PSdeG ha sucedido lo mismo. Los que destronaron a Touriño recibieron dádivas, traducidas ahora en humillante derrota: siete diputados menos y sin dimisión. A estos les quedará el rubor, la vergüenza y el sofoco, tras la palabra que hoy proclama en las librerías el último presidente socialista de la Xunta: Pérez Touriño, un caballero.