Helena

Gonzalo Ocampo
Gonzalo Ocampo EL RETROVISOR

OPINIÓN

20 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Entre esos papeles que se van guardando porque su lectura haya calado, topa uno con la esquela en su día recortada de un diario. Dice: «Helena -omito los apellidos-. El alcohol que otro bebió a ella la mató el 17 de abril del 2005 en un mal llamado accidente de tráfico. Tenía solo 20 años». Viene después una corta frase a su memoria y, al final, la expresión «Flor y José María, padres de Helena».

No es que el alcohol sea un mortal veneno que asesina, pero sí que puede ser un arma homicida en los avatares del tráfico, cuando su consumo afecta siquiera mínimamente a la psiquis de un conductor de automóvil.

La tragedia que decimos no es un hecho aislado. Por eso no debe sorprender que en la legislación de bastantes Estados se haya establecido la incompatibilidad radical entre tráfico y alcohol. Aún así, no deja de ser cierto que nada llega a redimir vidas tan bárbaramente arrebatadas de nuestro mundo. Por eso, no hay consuelo para la medida del dolor de Flor y de José María.