María Teresa, la quinta víctima

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

30 nov 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Se llamaba María Teresa Alonso. Veinte años. Estaba en coma desde la noche de la tragedia. Casi un mes, con la esperanza de sobrevivir perdida por sus graves lesiones cerebrales. Se llamaba María Teresa, y fue la quinta víctima mortal de una fiesta que, por los datos que vamos conociendo, ha sido una acumulación de errores, falsedades, fallos de seguridad, imprudencia, imprevisión, exceso de confianza y de todas las irregularidades que nos podamos imaginar. Parece que no hay ni una norma que se haya cumplido esa noche trágica.

Se comenzó echando la culpa a una bengala que había provocado una situación de pánico. Fue una versión astutamente lanzada para ocultar las responsabilidades reales. Después se fue abriendo paso la verdad, y no hubo día en que no hayamos descubierto una anomalía escandalosa. Llegados al punto en que estamos, con una comisión de investigación mal abierta porque se le niegan testimonios importantes, y a la espera de nuevas aportaciones de testigos, la crónica retrospectiva es la historia de unas muertes previsibles. A veces pienso que hay que agradecer a la Providencia que no hayan sido más.

Lo que hubo esa noche fue un empresario codicioso, con tal premeditación delictiva que mandó imprimir un número de entradas que casi duplicaban el aforo. Puso un servicio de seguridad para 9.000 personas, cuando había 17.000, más 4.000 que se incorporaron en la avalancha. Ante tal aluvión humano no hubo forma de controlar el pase de menores, de bebidas alcohólicas, de petardos o de todos los del botellón que entraron al asalto de madrugada. Se dividió al público en tres plantas, a sabiendas de que era imposible contenerlo en plena fiebre de la fiesta. No se avisó al Samur (urgencias de Madrid) de esa concentración humana. En el recinto había un solo médico acompañado de su hijo (el que plantó ayer a la comisión), porque los demás estaban de puente y a otro se le puso de parto su mujer.

Por el lado administrativo (ayuntamiento), se contrató el alquiler del Madrid Arena con una empresa de números poco claros y con tratos de privilegio que habrá que investigar. Y, sobre todo, en el palacio municipal de Cibeles a nadie se le ocurrió supervisar, controlar y exigir. ¿Saben por qué soberana razón? Porque nunca había ocurrido nada en el Madrid Arena. Y como nunca había ocurrido nada, tampoco tenía por qué ocurrir ahora. Como tantas veces, hicieron falta tres muertes, cuatro muertes, ayer cinco muertes para que alguien reaccione; para que alguien vea cómo se incumplen todas las normas; para que los padres sepamos en qué manos hemos estado dejando a nuestros hijos; para que descubramos la cantidad de desidia que sufrimos, hasta el punto de volverse criminal.