Díaz Ferrán sí que vivió por encima de nuestras posibilidades. Y, además, hasta nos daba consejos para salir de la crisis: trabajar más y cobrar menos. Así de claro y así de simple, sin tapujos. Todo para levantar España. Él, por su parte, se ocupaba de ocultar sus bienes y evadir 50 millones de euros a paraísos fiscales para no pagar a sus acreedores. Lo hacía en comandita con el antiguo fontanero reconvertido en rey de los fondos buitre, Ángel de Cabo, al que vendía sus empresas a precios ridículos para que las vaciara de activos y propiedades. Un buitre de cuidado, especialista en llevárselo muerto aprovechándose de cadáveres, las empresas en quiebra y los trabajadores arrojados al paro sin que le temblara el pulso. Díaz Ferrán simulaba ser un pobre insolvente al tiempo que recibía un sueldo de 100.000 euros mensuales de su compinche como consecuencia del trato al que habían llegado. Dicho todo lo anterior presuntamente y con el debido respeto a la presunción de inocencia, faltaría más.
Pero el mismo Díaz Ferrán que ha dado con sus huesos en la cárcel, acusado de graves delitos, es el mismo que no hace mucho, solo cinco años, era tan ejemplar y respetable como para que la CEOE le nombrara su presidente, el hombre que tenía el honor y la responsabilidad de representar a la gran patronal. El mismo al que mantuvo en su puesto hasta diciembre del 2010, cuando ya apestaban sus turbios manejos. El mismo multimillonario de Rolls Royce y yate de 27 metros de eslora, propietario de numerosas casas y fincas, que reclamaba una profunda reforma laboral para abaratar al máximo el despido y una sustancial bajada de sueldos. De los demás.