Dice Vicente del Bosque que la Copa Confederaciones hay que tomársela en serio. Se supone que Del Bosque es un hombre sensato. Pero, con el calendario saturado que hay de competiciones, la FIFA no ha conseguido quitarle la sombra de trofeo casi de verano a ese campeonato entre selecciones con título. La edición que se jugará en junio tiene el morbo de que será en Brasil, como anticipo del Mundial que llegará al mismo país dos años más tarde. Brasil parece que obliga a jugar bien. Es como si te dejasen actuar en un teatro importante. No hay lugar a tener un mal día en un escenario que impone. Pero, conocido el sorteo, hay detalles que ya empañan las posibilidades de que las selecciones jueguen como si estuviese delante de ellos un Mundial o una Eurocopa. La intensidad es otra. Uno de los rivales de España será Tahití, como campeona de Oceanía. Un país muy respetable, pero más conocido por sus playas que por sus estrellas del balón. Menos mal que Uruguay como campeona de América y la que en febrero logre el título de África dignificarán el grupo. Por el otro lado del cuadro competirán Brasil, Italia, México y Japón. Demasiados partidos, para las mismas piernas. Pero el negocio es el negocio.