Mañana es Nochebuena, y los niños van a casa de los abuelos a cenar besugo o langostinos, y luego brindan con sidra y se atiborran de polvorones. En cambio el hijo de Ulises, Telémaco, cuyo padre andaba de emigrante por Troya, no hacía más que esperar el regreso del héroe. Faltaban todavía siete siglos para la Nochebuena. A esa misma edad, John Clayton andaba por las copas de los árboles jugando con los monos, sin la más mínima noción de lo que eran las fiestas. Solo le preocupaba mantenerse a salvo de Kerchak, su padre adoptivo. También por el Misisipi andaban hace ciento cincuenta años los hijos escapando río abajo de sus violentos padres, como dejó escrito Mark Twain; y en Lahore, por las mismas fechas, el huérfano Kimball O?Hara jugaba a trepar al cañón de bronce de la plaza en dura competencia con los niños más desarrapados. Y eso que hoy, que ha pasado más de un siglo, Kim sigue teniendo apenas diez o doce años. Al mismo tiempo, en la Inglaterra lluviosa estaba entonces Jim Hawkins sirviendo cervezas a los marineros y temblando de miedo y de emoción ante la presencia de John Silver el Largo, y preparando el viaje a la isla del tesoro. Ahora que la Rowling ha dejado a su niño mago para meterse en novelas para adultos, ahora que viene la Nochebuena y tras el besugo los abuelos regalan a sus nietos videojuegos bélicos y calcetines de lana, les deseo unas felices fiestas de la mano de Kim, de Jim, de Tarzán, de Huck, de Telémaco y, por qué no, de Harry Potter.